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¿ADIOS ARISTÓTELES?


Aristóteles


El cerebro hace al hombre. Todas las vivencias, angustias, ilusiones, anhelos y alegrías, o sea, lo que constituye la parte espiritual del humano, es causado por el cerebro. Desde la piedra usada como hacha; desde el fuego, desde las pinturas rupestres con simples figuras humanas y animales, hasta la más complicada maquinaria moderna, tienen su origen en los centros neurales del cerebro. Ahí se gestaron tanto el abstraccionismo, como el silogismo que dan la cumbre griega del pensamiento; ahí también tuvieron su origen la Novena Sinfonía de Beethoven y la escultura “La Piedad” de Miguel Ángel.

Complicadas son sus anatomía, fisiología y bioquímica que mueven a los 10,000 millones de células y sus conexiones sinápticas; nunca descansa y grande es el porcentaje del gasto energético de la economía orgánica. Siempre han causado asombro y curiosidad esta formación. Al cráneo le trepanaban para que salieran los malos espíritus; usaron drogas para modificar su función; el desfile de ellas lo encabezan el alcohol y la mariguana. El primero lo usó Noé; el hashish lo usó el Viejo de la Montaña (¿zoroastro?) para indoctrinar a los jóvenes que le seguían y formaban su parroquia. Por cierto, se presume que la palabra hashish, es la antecesora de la palabra asesino.

En la historia farmacológica de cada pueblo están inscritas las sustancias que modifican la conducta; a lo nuestro agregamos el beleño; la escopolamina, el toloache y otras sustancias contenidas en algunos hongos; la mezcalina, el peyote y otras con ácido lisérgico. Los herbolarios mexicanos eran muy conocedores; recordemos a Juan Badiano y Gerónimo de la Cruz.

La patología nerviosa, las ciencias experimentales y la neuroimagen, han descubierto formaciones neuronales responsables de muchas conductas: la gran riqueza del hipotálamo; la zona límbica desde el tallo cerebral y las conexiones con la corteza cerebral principalmente, aunque no son los únicos; los lóbulos frontales, en su porción orbitaria, dan cuenta de ello.

Hacia allá van los tratamientos como la lobectomía y el electroshock. Que la amígdala cerebral (no la faríngea) es la responsable del miedo. Que el intuicionismo, la facultad no empírica de distinguir el bien del mal están en la corteza orbito frontal. “Esto está mal, no sé por qué, pero pienso que está mal”, decimos. La ética y su dilema se asientan en el giro frontal medial, en la corteza angulada posterior; en el temporal superior del lóbulo parietal, etc. (ver: Álvarez J.A. “Neuro ética, como Neurociencia de la ética”. Rev. Neural 2013;57 (8) 374-382). Y así podríamos multiplicar ejemplos; la relación de núcleos neurales con la responsabilidad, la libertad, la toma de decisiones, la educación, el aprendizaje, etc.

Patricia Churchland dice que la moralidad se origina en la biología del cerebro (“El cerebro moral” Edit. Paidós 2012). Estos centros neurobiológicos son humanos y consecuentemente universales, pero la geografía, la historia y las culturas sociales son variables, matizadas por el razonamiento (filosofía); no todo es biología. “La filosofía es una de esas cosas que pueden dejarse atrás, como el acné” (McIntryre)

Esta inquietud nace en el posmodernismo, desde la segunda mitad del siglo XX. En mayo 2002, en una reunión en Sn. Francisco California, aparece el concepto de neuroética y su doble acepción: la ética de la neurociencia o sea la práctica clínica terapéutica y la neurociencia de la ética o sea el conocer los centros neurológicos del comportamiento moral.

En fin, ¿habré titulado mal este escrito? Creo que a Platón y a Aristóteles no se les despide. Nos acompañan desde hace tres mil años. Se dice que Aristóteles y Leonardo son los hombres más inteligentes que ha habido; que: “son un regalo de Dios a la humanidad”.


Dr. Enrique Argüelles Robles

Dr. Enrique Argüelles Robles




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